Uno de los factores más decisivos en el envejecimiento no es físico, sino emocional: la falta de una razón para levantarse cada día.
Las personas que mantienen un propósito en la vida, por pequeño que sea, tienden a gozar de mejor salud mental y física. No se trata de grandes metas, sino de tener algo que dé sentido a la rutina diaria: cuidar una planta, ayudar a alguien, tener una mascota o participar en alguna actividad.
Cuando ese propósito desaparece, también lo hace la motivación. Con el tiempo, esto afecta directamente los niveles de energía, el estado de ánimo e incluso el sistema inmunológico.
Quienes se sienten útiles o necesarios tienen más motivos para mantenerse activos y participar en la vida.